El amor a la judía

Había una vez un gorgojo que vivía en una judía. El gorgojo se pasaba el día comíendose su casa, cosa por otro lado no muy inteligente, pero ¿qué inteligencia se espera de un gorgojo? Un buen día, el gorgojo terminó las últimas migajas de su casa y, sin pensárselo dos veces, se puso mandíbula a la obra con la de su vecino. El gorgojo B, su encantador vecino, se lo tomó a mal -¡hasta ahí pudiéramos llegar!-, así que le soltó un indescriptible zumbido de cólera, en parte porque tenía la boca llena de judía, en parte porque nunca se le había dado muy bien silbar. Gorgojo A no se dio por enterado, se hizo el loco y siguió masca que te masca. B logró, con sumo esfuerzo, que dos de sus neuronas (¿tendrán neuronas los gorgojos? Vaya usted a saber) llegaran a formar un arco eléctrico. Pensó entonces -¡Alabado sea el Gorgojo supremo, aquel que habita la Judía celestial, la Judía Interminable!- que, después de la advertencia, iba la amenaza, y después... Después ya no lo supo porque el sabor a judía le embotaba lo que tuviera dentro de la cabeza. Aún así logró pronunciar otro zumbido, este más descriptible. Pero A seguía dale que te masco. Gorgojo B entonces recordó su hilo argumental anterior y pasó al después. Y resulta que el después era la violencia, el después de las hostias como panes -como panes de judías, eso sí-. Llegó entonces la confrontación gorgojera, que duró horas y horas, máxime porque sólo se curtían entre bocado y bocado de judía. A eso de la medianoche, morían ambos gorgojos por trauma indigestionante: B murió al atragantarse con un enorme pedazo de lo que quedaba de su habitación de invitados y A palmó por alergia. Resulta que B vivía dentro de una judía pinta.
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