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Letras amargas

El amor a la judía

El amor a la judía

Había una vez un gorgojo que vivía en una judía. El gorgojo se pasaba el día comíendose su casa, cosa por otro lado no muy inteligente, pero ¿qué inteligencia se espera de un gorgojo? Un buen día, el gorgojo terminó las últimas migajas de su casa y, sin pensárselo dos veces, se puso mandíbula a la obra con la de su vecino. El gorgojo B, su encantador vecino, se lo tomó a mal -¡hasta ahí pudiéramos llegar!-, así que le soltó un indescriptible zumbido de cólera, en parte porque tenía la boca llena de judía, en parte porque nunca se le había dado muy bien silbar. Gorgojo A no se dio por enterado, se hizo el loco y siguió masca que te masca. B logró, con sumo esfuerzo, que dos de sus neuronas (¿tendrán neuronas los gorgojos? Vaya usted a saber) llegaran a formar un arco eléctrico. Pensó entonces -¡Alabado sea el Gorgojo supremo, aquel que habita la Judía celestial, la Judía Interminable!- que, después de la advertencia, iba la amenaza, y después... Después ya no lo supo porque el sabor a judía le embotaba lo que tuviera dentro de la cabeza. Aún así logró pronunciar otro zumbido, este más descriptible. Pero A seguía dale que te masco. Gorgojo B entonces recordó su hilo argumental anterior y pasó al después. Y resulta que el después era la violencia, el después de las hostias como panes -como panes de judías, eso sí-. Llegó entonces la confrontación gorgojera, que duró horas y horas, máxime porque sólo se curtían entre bocado y bocado de judía. A eso de la medianoche, morían ambos gorgojos por trauma indigestionante: B murió al atragantarse con un enorme pedazo de lo que quedaba de su habitación de invitados y A palmó por alergia. Resulta que B vivía dentro de una judía pinta.

 

20 de abril del noventa... y dos

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Melodías secundarias para personas únicas

Melodías secundarias para personas únicas

Resuenan en mi cabeza ciertas notas escuchadas en una película española. Sólo son sonidos, pero qué sonidos. Recuerdo, cuando la vi por primera y última vez, cada golpe de tecla de piano, cada soplido de elemento de viento. Del hilo argumental recuerdo más bien poco, casi nada, porque el tiempo se ha llevado, de lo poco, lo que quedó clavado en el olvido; pero el sonido... Cada vez que escuchaba la melodía, sentía, disfrutaba; erizábanseme los pelos de la nuca, como si faiciera kutu... como si pingara el mocu... Salí del cine electrizado, a poco más un ser obnubilado, del blanco y negro poseído y extasiado, rindiéndole homenaje a esa melodía, elocuente imagen sonora que al profanar mis oídos convertíase en poesía...

Aquellos ojos azules (segunda parte)...

Aquellos ojos azules (segunda parte)... ...me dejaron petrificado y ya nunca volví a ser el mismo. Estatua de sal, a lo mujer de Lot, desde mi Sodoma particular.

El primero nunca se olvida...

El primero nunca se olvida...

Sabor a sal. Así me gustaban sus besos, cuando el calor los provocaba y el sudor hacía el resto. Ella era morena, de sonrisa fácil y ojos marrones. Cálida, casi cándida; cándido amor de juventud. También tenía predilección por sus manos, pequeñas de dedos largos, casi huesudos: largas falanges que se clavaban en mi espalda cuando me regalaba un abrazo. A veces se recogía el pelo en un moño, pero generalmente llevaba suelta su media melena atormentada porque nunca conseguía rozarle los hombros, aquellos maravillosos hombros morenos al sol de verano. Todavía hoy recuerdo la extraña suavidad de su piel, los encontronazos de nuestras lenguas en medio de la extraña pasión de la que sólo se puede estar poseído en la adolescencia, las conversaciones intrascendentes de sonrisas embobadas en el banco de un parque, a la luz de la farola que hacía las veces de atrezzo romántico conceptual. Ay -suspiro- qué recuerdos; cuánta nostalgia; saudade desequilibrada. ¿Cuántos años han pasado ya? Tempus fugit y no vuelve atrás, sólo nos quedan los recuerdos mezclados con la arena derramada en el reloj de la vida. Pues bien, aquel recuerdo gritaba que ella me gustaba. Me enamoraba. Recuerdo que siempre me había preguntado qué sería estar enamorado -que no obsesionado-. Un buen día lo comprendí bajando hacia una de nuestras citas, cuando me di cuenta de lo feliz que era porque iba a encontrarme con mi niña. Parece mentira que sólo se necesite una nimiedad para darse cuenta de lo que hay delante de tus ojos y no logras ver.

Querida niña, cuántos recuerdos. Fuiste un tren que ya pasó, pero fuiste mi primer tren, ese del que nunca uno se olvida, del que cualquier recuerdo será hermoso porque los malos quedaron aparcados para siempre, junto con el dolor que provocaron, en la segunda estación de amoroso tránsito.

Odios enlatados

Odios enlatados

Casi todas las mañanas me encuentro con dos rusas en el metro. Encontrarse es un decir, más bien podría decirse que nos aplastamos mutuamente entre la multitud; buscamos desesperados encajar en menos del diez por ciento de un metro (de un metro en el metro, qué bueno) cuadrado -¡Oh poceros de España, lo que obtendríais de ello, a ¿seiscientas mil? pelas el idem cuadriculado... Es curioso lo del metro. Yo odio el metro. Bueno, sólo lo odio a primera hora de la mañana y a última de la tarde. Mierda, si es cuando lo cojo. En fin, supongo que un japo se reirá de nuestra ineptitud para el aguante. Y eso que no está mal, porque es rápido, bastante cómodo cuando su ocupación no llega al cincuenta por ciento (aunque habría que ver quién coño determina las ocupaciones de los servicios públicos: treinta personas sentadas y trescientas veinte hacinadas), algo ruidoso, eso sí, pero al menos no te comes atasco alguno. Pues caramba, va a ser que no odio el metro si no a las personas que van -vamos- en él. Sí, es verdad, odio a la gente que se pone delante de la puerta y no deja salir al pobrecillo que va enlatado dentro; odio a la gente que se mete en el vagón antes de que salgan los pobrecillos que van enlatados dentro; odio a la gente que se mete en el vagón y rápidamente se aferra a la barra vertical que sirve de soporte al asiento más cercano a la puerta y que en vez de meterse más para dentro planta toda su humanidad (generalmente suelen ser este tipo de personas mujeres con enormes traseros que forman no menos inmensos atascos) al lado de la puerta, impidiendo el libre de acceso de la marabunta; odio a los sprinters, sí ese individuo que viene corriendo de un intercambio de trenes hacia el vagón, justo cuando el silbato ya ha sonado y pretende entrar por las puertas medio cerradas (yo me los imagino a cámara lenta, estirando el cuello para la foto finish; incluso si me fijo algo más, puede que vea como la corriente de aire imperceptible le deforma la cara. Aparte de lo que duele que te golpee una puerta, os lo digo por experiencia).

Odios aparte, lo que me fascina del metro es que, aunque parezca que la gente va de buen rollo y se incruste hasta el fondo del vagón, cuando se cierran las puertas, todos los individuos se mueven un poquito, una pizca, casi nada, y lo que parecía que era insaturable deja de serlo al encontrar cada sardina su lugar en la lata, lo que lleva a la conclusión de que mucha gente no entra todo lo que debería de entrar, salvaguardando, gracias a Dios, algo de oxígeno para sobrevivir durante el trayecto.

De todas formas, después de ese pequeño inciso, seguiré con mi diatriba monotemática: no os creáis que sólo odio a los que van en metro. ¡Faltaría más! ¿Alguien ha ido en la renfe alguna vez? Vas apaciblemente sentado en uno de esos "tresillos" doblados, esos asientos que se doblan cuando te levantas de ellos, y de repente, faltando aún cinco minutos para llegar a la estación, a casi toda mujer mayor de cincuenta años le da por imitar a cualquier sprinter de pacotilla. ¡Oh, señor, apiádate de mí, porque estos son los individuos a los que más odio! A los que se levantan del tresillo sin sujetarlo con la mano para que no golpee atrás. Si no consigues arquear la espalda a tiempo y separarla del respaldo, el golpe que te llevas es acojonante.

En fin, yo por las mañanas me encuentro con dos rusas que me alegran la vista, si es que logro girar el cuello desde mi décima parte de metro cuadrado hacinado, porque siempre entramos a presión por puertas distintas del mismo vagón.

Karunas Elektra Emporium Déspota

Karunas Elektra Emporium Déspota

Ni yo sé lo que significan esas palabras. Sólo son un nuevo cortafuegos, una nueva pared argamasada con la dureza de toda la incomprensión posible, un nuevo bloqueo inconsciente para que nadie me encuentre. Entonces, si no quieres que nadie te lea, ¿para qué escribes? Supongo que por enfermedad (mis dedos no pueden dejar de teclear, aún después de ocho horas diarias de sobar plástico añejo en el trabajo); o por inercia. ¿Acaso importa? ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Por qué pensamos en por qué hacemos lo que hacemos? ¿A quién le importa el por qué pensamos en por qué hacemos lo que hacemos? A mí no. Ya no. Antes sí. Antes me ahogaba rumiando pensamientos, rememorando los porqués. ¿Para qué? Me dije un día. Déjate llevar. Será más divertido. Lanza los dados y que el azar meza tu destino. Y si sale un seis sonríe y disfruta; y si sale un uno, ahógate en la desesperación unos segundos, los que tardarás en comprender que la próxima tirada está a la vuelta de la esquina. Hazlo. A diario, pero nunca vuelvas a preguntarte por qué lo haces. Acción y reacción, nada de elucubración. Cedant las togae, aunque cedant también las armas. Vive, coño.