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Rayaduras mentales

El pájaro azul

El pájaro azul

He sentido el trueno que anunciaba la desgracia. La desgracia de un desgraciado como yo. Hace unos minutos he regresado de un largo viaje que comencé ocho meses atrás, cuando tuve la Revelación. Pero hoy todo se ha desmoronado como un castillo de naipes. Todo. Son poco más de las diez. Y estoy desesperado, anodado. Incluso he tenido que rendir pelitesia al Oráculo del Silencio, pero no he encontrado más respuesta que un reproche, más consuelo que una certidumbre ni más verdad que mal agüero. Se acabó. He despertado de mi sueño de felicidad eterna. Paradójicamente, he descubierto que soy yo el ángel caído. Idiota. ¿Cómo pudiste estar tan ciego? ¿Desilusión, dices? Ceguera. La del enamorado que ve imperturbable su eterna felicidad instantánea; la del atormentado con las promesas que nunca llegan más que por la boca del que se las hace. Me encuentro perdido, desorientado, desencantado. Se rompió el hechizo, se terminó la ilusión, se me murió el júbilo por sobredosis de éxtasis. La cordura ha regresado de la prisión en la que la encerró Fortuna. La diosa se me presenta más prostituta borracha que nunca, más irracional, más sarcástica, más demencial siquiera. Soy un extraño en mi propio país; un vestigio del pasado; un incauto al que todavía le llenaba de orgullo el sólo nombramiento de su patria. Adiós España, adiós. ¿Cómo seguir viviendo en una nación en la que ni su jefe se atreve a decir su nombre? España. España. España. ¿Os avergonzais, malditos? El único consuelo que me queda es que habrá muchos días en los que rugirá el león; y hasta allí se transportará mi espíritu para rugir junto a ellos. Juntos. Unidos. Pero esas sólo son conjeturas, deseos de un necio que ha nacido siglos después del tiempo que le habría tocado vivir. Vacío. Estoy vacío. Mientras tecleo, se va pegando a mi cuerpo la húmeda calma del espectro que nunca más creí volver a sentir. De nuevo me veo anestesiado por la apatía más inocua, disuelta al percentil noventa y nueve con nada número cinco. He dicho adiós al Azul real, ahora sólo me queda despedirme del mío. Ya no aplaudo ni celebro, sólo he abierto en mi cerebro, la jaula del pájaro azul...

Reflexiones de una mente contradictoria perdido su sentido

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Remar para ahogarse en la orilla...

Una ráfaga de aire frío sobre mis hombros; un lamento perdido bajo la amargura de un presente pasado de moda; una desidia escondida bajo el infinito peso de la desilusión congelada. Palabras sin sentido. Acciones sin recompensa. Maldiciones de diseño, fruto de malentendidos inertes.

 

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La duda ofende si el ofendido duda

Anoche me crucé con una despedida de soltero.

 

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Do you know what I mean?

Flotan los sentidos en sordina estridente, macerados en un vaho de demencia inherente. Irreverente. Cae la cordura desde altos vuelos, estampándose rápido contra el raudo suelo. Lleno de cristales afilados, esparciendo sus restos -a los 4 vientos- exterminados, de sangre encharcados... Desacelerados... Pelín masacrados. Lo siento: soy un imperfecto. Es cierto. Discrepo. ¿Del cepo? ¿Acaso no basta una buena señal? ¿Serán las estrellas capaces de hablar? Y la pescadilla se muerde la cola. Será este el momento de encender la gramola. Virtual, por supuesto. No habría otra posibilidad. Quizás. La muerte me ronda, no deja de enredar, en su telaraña ¿me voy a embalsamar?. Jamás. Ojalá. Se verá. ¿Cuando? Tomorrow. Y su oreja. La de esa pendeja. Será ella mi pieza, el trofeo que voy a abatir. ¿Sin dormir? Es probable. ¿Qué rimes en bable? Y hasta en galés. ¿Cómo crees? Mañana a estas horas todo habrá terminado; y entonces el Raposo se habrá contentado. Y saciado. ¿Seguro?. No lo dudo. O quizá me metan un puro. Enculado. Podría terminar derrengado. O maltratado. O morado. ¿Qué mas da? Mejor no lo pensar. Terminó. Sefiní. Sefinó. Sefiní. Sefinó. Tralarí. Tralaró. Se acabó.

Me giro al establo, me doblo y me abro.

Será lo que Dios quiera y el diablo nos permita.

¡Seguro!

Pisoteando la bandera

Una mujer ministro de Defensa.

Y Fortuna hizo girar su rueda -de nuevo-, como una prostituta borracha.

Maldita Fortuna, ¿por qué haces que conserve la vista para ver semejante despropósito? ¿No sería mejor haber perdido los ojos años atrás en Mostar? ¿Por qué no se me reventaron los tímpanos en aquella maldita emboscada? ¿Cómo dejaste que conservara la lengua aquella fatídica noche en la azotea?

Ni repitiendo ciento ocho mil veces el artículo 8 podré recuperarme esta vez. Es más, creo que ya lo he olvidado; es más, creo que no lo volveré a recitar en la puta vida.

Sólo espero que la fase de los antojos haya pasado: podríamos retirar a todos los efectivos de Ceuta y Melilla de una vez por todas. Total, con los que quedan allí ya...

En fin. Espero que alguien me mande una foto del ministr@ al lado de la bandera española y del JEMAD para colgarla en esta descorazonada entrada. A ser posible gritando: ¡Viva España! Me comeré el teclado ese día... y mi orgullo.

el del domingo pasado

Aerolíneas argentinas.

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Un San Valentín bajo los efectos del sopor

Un San Valentín bajo los efectos del sopor

Hoy es San Valentín. Lo sé; lo llevo sabiendo desde días atrás, cuando empezaron los sarpullidos. Rojos, como todo lo que se precie de este maldito día. Maldito quizás sea un calificativo un tanto fuerte, pero no se me ocurre ninguno mejor. Al menos en lo que a mí respecta. Me explico. Durante estos últimos años he desarrollado una aversión creciente a este día. Primero porque no me interesa una fiesta puramente comercial. Sí, ya sé que es el tipo de queja que exponen todos los jodidos solterones -y en menor medida solteronas resentidas, que a las otras les importa un pimiento- que no se comen un colín y desearían estar comiéndoselo, o al menos que se lo coman (perdón por el comentario soez; ¡qué coño de perdón si es mi blog y aquí yo digo lo que se me pegue la gana! -perdón por mi lapsus novelero-. ¿Otra vez? No tienes remedio...). En realidad no es que me importe que la fiesta sea puro consumismo, puesto que una de mis tías tiene una floristería y ahora, con tanta cremación, el negocio de las flores está por los suelos; no es mala idea que se le recuerde a la gente que compre flores. Ahora que lo pienso, no debería haber utilizado el argumento anterior; te has dejado llevar por la corriente general de los perdedores; y de los avaros; de los que no tienen a nadie que regalarle nada y de los que no quieren regalarle nada al que tienen.

Vayamos al grano -esto se me ha ocurrido después de rascarme con virulencia los sarpullidos-. La única razón por la que odio San Valentín es la ansiedad que me produce. Sí, ansiedad. Yo siempre he sido muy simple. Soy de las personas que tienen cuatro ideas claras dentro de la cabeza y las siguen a rajatabla. Hic et nunc. El planteamiento es bueno. Al menos la mayoría de las veces. No tienes que pensar, no tienes que vivir en la disyuntiva de la elección. Actúas y punto. Lo que se ha hecho así durante años no tiene por qué hacerse de otra manera ahora. Pero en San Valentín no. Pongamos un ejemplo. Imaginemos Madrid a principios de los noventa. Tengo por fin novia. No recuerdo su nombre... -he dicho novia no amor-...¿Clara? Es posible. Llevamos saliendo X meses (la memoria a largo plazo la tengo chunga). Quedamos para San Valentín en una cafetería. Ella está radiante... y expectante. Espera algo, ¿qué será? Pues un regalo, algo, una flor, unos bombones, cualquier mierda envuelta en papel rojo brillo y con un puto lazo anudado. Yo soy un adolescente salido y no tengo un duro (por entonces no había euros, por si alguno no se acuerda; ni redondeos tampoco joder). Ni siquiera me disculpo, es más, la increpo preguntándole por su regalo. Cortamos en ese mismo instante. Bueno, ella me deja. ¡Qué poco romántico! Año siguiente, misma situación, distinta chica: Raquel. De esta me acuerdo del nombre. Llegué a la cafetería con un enorme -y cursi- ramo de rosas. Ella no me había comprado nada porque no sabía que íbamos tan en serio; es más, se acompleja y avergüenza por no haber tenido el mismo detalle, la misma intención. Me deja allí mismo: no quiero hacerte más daño del que ya te habré hecho. Es mejor que lo dejemos aquí antes de que suframos más. Pasaron dos años porque el anterior corté a mi novia de entonces a principios de febrero (ahí ya empezaron los primeros síntomas de ansiedad). Esta vez preparé el terreno. ¿Nos vamos a regalar algo en San Valentín? Mi regalo eres tú. Lo dijo con una voz tan sensual que me empalmé. Lo siento, pero es la verdad, aunque creo que la satisfacción fue por saber que ese año no iba a fallar. Por si acaso, cambié de café. Escogí uno con reservados inmersos en la oscuridad para regalarnos a nosotros mismos, ¿puede haber mejor regalo que ese? Ella no pensaba así. Se presentó con un regalo espectacular. Yo fui con las manos vacías y unos gayumbos rojos, por si se terciaba un desarrollo intrínseco del amor o ella pensaba hacer uso de su regalo. ¡Qué poco romántico! No significo nada para ti; al menos no lo mismo que tú significas para mí. Me has decepcionado. Esto no me lo esperaba. Cómo has podido humillarme así en este día. Adiós. Al día siguiente tuve mi primer sarpullido.

Como veis, estoy hecho un patán. Al menos lo era. Y aunque aquella fue la última vez que me dejaron en San Valentín, siempre que llega febrero, me asaltan los temblores provocados por el estrés postraumático. ¿Qué cómo lo conseguí? Siempre compro un regalo simbólico tirando a caro y de tamaño pequeño, nada de flores ni peluches, ni mariconadas parecidas. Lo llevo en el bolsillo del pantalón, puesto que el abrigo es susceptible de ser registrado (no os indignéis muñecas, que tipas así haberlas haylas). Si ella no me ha regalado nada porque quedamos en ello, no se lo doy. El regalo me sirve para una fecha señalada más adelante o para otra tía en el caso de que las cosas se tuerzan con esta. Que ella me ha comprado algo aunque quedamos en no comprarnos nada, pues le doy el regalo y situación salvada. Que quedamos en comprarnos algo pero de entre diez y veinte euros y ella me ha comprado algo de mayor valor: pues yo también; que ha sido del valor estipulado, pues se lo doy igual diciéndola que vale veinte euros: la ilusión que le hará cuando vaya a comprobarlo o le digan sus amigas, madres y hermanas que vale más de lo que dije (y encima quedo bien por no hacerle notar que ella me ha regalado algo de valor inferior). Como podéis comprobar esta fecha atufa al romanticismo más sarcástico.

Sin embargo, este año, aún estando soltero como estoy, desearía gastarme todo lo que tengo en mi ángel. Pero no puedo, todavía no es el momento. Aunque estoy tan enamorado que he cometido el sacrilegio de enviarle flores. En realidad le enviado un puto arbusto. Espero que le gusten las azaleas.

La válvula pilórica

La válvula pilórica

Ja, ja, ja, ja. Los chorros de bilis saltan por la garganta, regurgitando de entre las cavidades inferiores, corroyendo lo que queda del esófago, destruyendo la tan manoseada válvula pilórica del asqueroso Ignatius Jota. En mi caso es el destino el que se conjura contra mí, no los necios. Al fin y al cabo, ¿cómo iban a hacerlo si no me conocen ahora ni me conocerán jamás? Palpita el corazón aterido, congelado de apatía; caen los brazos al costado, al son de los fluidos derrramados. Baila el cuerpo entre espasmos; y gimen los pulmones; y cantan los salmones; como cuando remontan a la muerte en sus desobes. Se oye a lo lejos el canto de un grillo, anunciando la locura. Los cuervos empiezan a picarse unos a otros en sus ramas mientras esperan que expire: su fin será mi inicio. Imagino a alguno de ellos picoteando entre mis cuencas oculares mientras el más listo masca el globo ocular que tan pacientemente se ha molestado en desprender del nervio. La imagen es nauseabunda, pero ya no me queda nada más en el estómago que expulsar al exterior. Aún así el amago de contracción se produce, aunque sólo hay aire: oxígeno, nitrógeno y argón sin forma definida... ni cojón... digo, ni color. Morado. Violeta. Púrpura. El color de la penitencia; el de los mantos imperiales; el del lujo y el poder. Entonces ocurre. Un halo de luz mortecina logra atravesar el sopor de la angustia. Las fosas nasales se abren hasta el paroxismo para engullir aire puro: se hinchan los pulmones y el mecanismo de la vida vuelve a funcionar a plena potencia. Las heridas se han cerrado bajo el gusto que produce el bienestar de después de la tragedia. Inundado de adrenalina presiento un futuro mejor. ¿Será eso posible? Será lo que Dios quiera... y el diablo nos permita.

Malditos parientes

Malditos parientes
Una vez, la Muerte fue a visitar a su prima la Desgracia. Venía de dar el finiquito a una gorda con la pituitaria jodida, lo que terminó por matarla de un gran atracón. La pobre no se saciaba y así, tragando y tragando se fue al otro barrio. El de la Muerte, osea. La Muerte estaba exhausta. No en vano había tenido que mover el cadáver ella sóla, con sus falanges peladas, argamasadas de no se sabe qué ungüento maloliente que le daba cohesión. La gorda se le había caído encima de su flamante túnica negra (estrenada con el cambio de siglo; la Muerte era como Florentino Pérez, pero en vez de camisas azules, ella tenía túnicas negras que estrenaba cada centuria) y hasta que logró levantarla sin romper la túnica pasaron horas y un fémur cascado al hacer de palanca. La Desgracia, pobrecita ella siempre jodida como su nombre indica, le ofreció un vaso de agua y una toalla con la que secó el sudor de la brillante calavera de su prima hermana por parte de muerto su parentesco. La Muerte aferró con fuerza las manos de su queridísima prima para mostrar su agradecimiento. ¡Pobre Desgracia! No pudo hacer nada ante el toque de la Muerte. Si es que los parientes son una lata...

Un caso clásico de Horney

Un caso clásico de Horney
¿Cuándo se da uno cuenta de que ha perdido la razón? ¿Es posible? ¿Los locos se dan cuenta de que están locos? ¿Acaso no es una enfermedad? ¿Los humanos no nos damos cuenta al estar enfermos? Ergo, ¿un loco sabe que está loco? Quizá la locura sea un estado terminal, el final de una senda que se recorre durante muchos años antes de llegar hasta la salida. O a la entrada, ¿no es una salida una entrada invertida? Una entrada a la japonesa, donde en vez de dejar los zapatos se deja uno la razón. Yo a veces me digo que estoy enfermo. Suele ocurrir cuando rumio una de mis ideas sin sentido. Llegan sin previo aviso hasta el melón que tengo por cabeza y allí se instalan, sibilinamente, ocupando (y con k también) una pequeñita porción de estabilidad mental -a veces emocional-. Desde ese instante, vía neurona (aunque hay teorías ahora que desmienten este supuesto) me atacan como ráfagas, llevándome a otro mundo, el del pensamiento, el incorpóreo, el etéreo, la nada... se le puede dar cientos de nombres pero todos suenan igual de escalofriantes. Allí macero, en un placentero baño María, ideas variopintas de un futuro prometedor en el que soy el protagonista de las historias más inverosímiles: buenas y malas, trágicas y alegres, dramáticas y esperpénticas. A veces pienso que si estuviera rapado, en pelota picada, metido en una piscina llena de un extraño flujo parecido al agua y conectado a miles de cables sería un sosias de los precongs de Minority Report, aunque con una pequeña diferencia: el futuro que ellos ven siempre se cumple, el mío nunca va a hacerlo. Es triste, pero es así, en vez de ilusionarme con mis sueños futuros los elimino. Sé que nunca van a cumplirse porque destruyo las líneas temporales que me habrían llevado hasta allí. Algunos sueños son imposibles. Son los que más me gusta soñar, los que evitan que piense en lo cotidiano, destruyendo la verosimilitud más fehaciente. En resumen, un caso clásico de Horney: el hombre que se consuela a sí mismo no con lo que logra sino con lo que sueña con lograr.

Calores climáticos

Calores climáticos
El calor se pega. Hay una ráfaga de aire que me atormenta. Viene del sur, allende el desierto se funde en fina línea con un mar abrasador. Estoy escuchando ronronear a Barry White. Ojalá tuviera un copazo en la mano que aplacara la sed. La garganta se hace arena según pasan los minutos y aullo por unos hielos que la atraviesen, empujando la sílice al intestino. La música mece un ligerísimo letargo que se va apoderando a cada estrofa de lamentaciones. Derivo en espíritu -ojalá, no habría cuerpo material que soportara los calores-. Me paro un instante y siento el lamento: no me atrevo a conectar el aire acondicionado. Llegan a mi mente los ecos de los conciertos de ayer contra el cambio climático. Intento arañarle al tiempo unos minutos en los que mi anticuada máquina de aire no masque el refrigerante no ecológico -sí, mastica R22, ya he dicho que es vieja de cojones-, haciendo acopio de valor, convirtiéndome en mártir de la "causa verde". Estoy en gayumbos. Comienzan a notarse las marcas de la silla en la piel sudorosa; y quizá el tapizado esté transpirando ya por mí. Pero aguanto. Aguanto incluso cuando veo lo que paga de factura eléctrica Al Gore al año. Resisto. No hay vuelta atrás. Soy un puto grano en el culo del mundo, en medio de una ciudad achicharrada que lleva oyendo eso del tres meses de invierno y nueve de infierno tanto tiempo ya que no sabe si el cambio climático ha existido toda la vida o el que se inventó el refrán fue un parientucho de Nostradamus. En fin, un grano no hace granero y a nadie le importa un huevo.

Viernes de melancolía

Viernes de melancolía

Hoy me he afeitado la cabeza. Sí, es cierto, parece un hecho sumamente insignificante, baladí. No para mí. Siempre lo he asociado a la purificación. Voy a decir una gilipollez, de la que puede que me arrepienta: al igual que una mujer violada busca desesperadamente una ducha para tratar de eliminar cualquier mínimo atisbo del doloroso recuerdo o del infame rastro, cuando yo me afeito la cabeza espero que todos los problemas se vayan por un parecido y ficticio sumidero imberbe. Ya sé que no es lo mismo, que no le llega a la altura de la más fina suela de cualquier zapato plano, pero es un símil tan desafortunado como otro cualquiera. Es viernes, he dormido seis horas, me he despertado cada treinta minutos, asustado, agobiado por una serie de pesadillas en blanco y negro. En fin, dejemos los contenidos prosaicos para mejores tiempos. Queridos amigos, es cierto, siempre que me afeito la cabeza espero que las tonterías que se apelmazan debajo de la mata de pelo se queden amontonadas en el suelo de la peluquería. Estaría bien que la mierda que uno acumula bajo el cráneo fueran las raíces de los cabellos. Menudo símil, pero es mi símil. Sería como arrancar una zanahoria. Así de fácil; así de simple. Ojalá. I wish; pero no es así. Quizá la sensación dure unos minutos, es posible que unas horas. Sin embargo, no he logrado pasarme la mano por la cabeza un par de veces para cerciorarme de la buena nueva cuando la mierda se ha vuelto a acumular ahí nuevamente, como si alguien hubiera levantado mi cráneo, cual alfombra, para esconder debajo los desperdicios de una nueva empanada mental.

Hoy es viernes. Fin de ciclo laboral; fin de mes proletario. Quizás ha sido eso, o quizás ha sido la melancolía, pero bajaba por la calle de los títulos cuando me ha venido a la cabeza uno precioso: "Las quince lágrimas de MJ". Quizás algún día se pueda convertir en novela el argumento inexistente que no he comenzado a lucubrar. Habrá que hacer como Ariadna, encontrar un hilo del que tirar...

Recuerdos de mermelada de ciruela

Recuerdos de mermelada de ciruela

Hace unos años, cuando la senda de la autodestrucción aún no se había empeñado en engullirme, recuerdo que soñaba con volar. Sí, fue hace muchos años, que uno ya es viejo y los lumbagos no perdonan. Parece una tontería. Evidentemente nunca me até uno de los manteles de mi madre y me tiré por la ventana porque ya por entonces había visto demasiadas veces la puta manzana de Newton cayéndole delante de las narices. Todavía no sabía lo que era la energía, ni potencial ni cinética, y la única masa a la que asociar velocidad alguna era de color verde y la caricaturizaba el pobre Ferrigno. Sí, para los puristas diré que era gris en sus comienzos y en ciertas épocas de revival. Por cierto, apartándonos un poco de la línea argumental desdichada que estoy hoy siguiendo, se dice, se comenta, hay por ahí una infame leyenda urbana en la que el pobre Ferrigno, totalmente metido en el papel -ríete tú del método Stanislavsky- salió a la puerta de su casa, sí, una de esas casas yanquis de urbanización y a lo sumo dos alturas, y vio a lo lejos una preciosa chiquilla de tirabuzones dorados (da igual que estuviera calva, pero hay que avivar la situación un poquito), jugando en medio de la calle. También le dio tiempo a ver cómo una furgoneta venía a toda pastilla y amenazaba con atropellarla (o quizá fuera el carrito de los helados al que se le había saltado el freno de mano). Nuestro intrépido héroe, aún sin maquillar en verde de pies a cabeza, decidió arriesgar su vida salvando a la pequeña, que, casualmente, no se había dado cuenta de que alguna que otra tonelada se le venía encima. Lou trató de parar la furgoneta con sus hiperatrofiados bíceps, porque en ese momento no era Lou, era la Masa. Se dice (y nadie se lo cree, por cierto) que de la fuerza se le reventaron los músculos de los brazos, los antebrazos en la versión académica, los bíceps en la versión del Tomate.

Bien, no venía a cuento, pero podemos sacar una conclusión demoledora de esta historia: somos lo que somos, no el personaje que nos creemos. Yo, de pequeñito, y de mayor, qué coño, quería volar. No quería ser un superhéroe, porque siempre he sido vago y miedoso, quería ver el mundo desde arriba, sentir toda la violencia del viento en la cara, llegar hasta la otra punta del país de la forma más rápida, en línea recta, sin curvas de carretera ni esperas en aeropuertos. Quería sentirme libre, aún sin saber de qué. Supongo que disfrutar un rato de la felicidad que regala la soledad, introspectar (menudo palabro me acabo de inventar) el mundo interior desde medio kilómetro de altura.

Ahora, con los pies en la tierra, a veces resurge el anhelo. Aunque ya no tiene gracia porque cualquier tiempo pasado fue mejor. Hulk ya no es Ferrigno, sino Eric Bana, perdón, quiero decir Edward Norton, las películas ya no están en cintas, sino en dvds y ya no hay posibilidad de pasar desapercibido si la cagas o cometes una tontería, en dos segundos aparece tu pifia en youtube. Sí, ni siquiera está el encanto de llegar a ningún sitio en línea recta lo más rápido posible. Mirando atrás siento que vamos a una velocidad estratosférica si la comparamos con la de antaño. Los viejos llevan en sus chaquetas un círculo con limitación a noventa, como las furgonetas de antes, mientras sus nietos les pasan a la velocidad del cable porque la adsl parece vetusta ya. Cuando eres un niño el tiempo se ralentiza hasta la desesperación (¿cuándo llegamos?) ahora la arena del reloj se me escapa entre los dedos mientras intento apuntalar cualquier ínfimo recuerdo en mi destartalada memoria.

Cagüen la puta, estoy acabado.

Dolores no es un nombre de mujer

Dolores no es un nombre de mujer

¿De verdad hay gente que siente placer con el dolor? Yo creo que no. Eso no es cierto. O al menos no conocen lo que es el dolor. Decía un tal Dante que el que sabe de dolor todo lo sabe. ¿A qué clase de dolor se estaba refiriendo? Se supone que al del alma, que un vate es un vate; y haberlos haylos. No creo que se refiriera al dolor físico. En aquellas épocas de destierros y excomulgados despatriados, de bulas y contrabulas, de épica descarnada, la metáfora bordeaba una finísima línea entre el empalagamiento y la náusea. Palabras que sólo conocían la minoría de la población -que el resto no sabía leer ni escribir, y ni mucho menos rimar-, no eran más que pensamientos descarriados alumbrados por sentimientos en desmesura. Aquel dolor no era físico -sería demasiado banal para elevarlo a canto-, era mucho más; era metafísico.

De todas formas, no puedo desconfiar del todo de la frase de Dante, porque tiene razón. En parte. Yo creo que el peor dolor de todos es el metafísico, pero el metafísico que deriva del físico, el dolor que nace del dolor. ¿Acaso puede la mente de un enfermo con dolor crónico aguantar la machacona matraca que le recuerda que no se podrá curar nunca, que tendrá que seguir con aquellas laceraciones invisibles durante el resto de su (pongan aquí cualquier sinónimo de estos malévolos adjetivos: desilusionante, patética, humillante, maldita,...) vida? Imagínense lo que es pensar sobre ello una y otra vez, recordar a cada instante (mientras no se está entretenido con cualquier banalidad intrascendente) que no hay remedio para el dolor. Imagínense lo que es hacer conjeturas e hipótesis sobre el futuro que te espera. Imagínense lo que es desesperarse rezando a tus santos, santeros, budas o arquetipos varios, implorando que el efecto de los fármacos dure unos minutos más y tengas la suerte de no volverte adicto a ellos.

Eso es dolor. El que experimente placer a través de el dolor lo hace durante un ínfimo período de tiempo en el que la adrenalina, fruto de su excitación, actúa de parachoques. Son picos de dolor en intervalos pequeños, no una onda constante que tiende a infinito.

PD: no entiendo a la gente que ve House y se parte de risa mientras contempla como ingiere pastillas a mansalva.