Blogia

pusilamia

nunca máis faremos nada polos demais

nunca máis faremos nada polos demais

Dedicado al gordo nauseabundo, al alto pelirrojo y gilipollas, al rubio bajo, al primero y a mi admirado Anxo77. De vuestro querido vecino, el del Moito máis, el del pulpo negro.

¿Puedo sacar ahora la puta bandera?

http://www.elsemanaldigital.com/version_anterior/arts/75972.asp?tt=

Quod erat demostratum 

Por la boca muere el pez, aunque sea nacional-galleguista... (iba a poner galicista; estos gabachos, siempre se cuelan por cualquier parte)

P.D: perdone yo contra el mundo por cogerle prestado el pulpo

wo ai ni

wo ai ni

¿Pero a quién?

La válvula pilórica

La válvula pilórica

Ja, ja, ja, ja. Los chorros de bilis saltan por la garganta, regurgitando de entre las cavidades inferiores, corroyendo lo que queda del esófago, destruyendo la tan manoseada válvula pilórica del asqueroso Ignatius Jota. En mi caso es el destino el que se conjura contra mí, no los necios. Al fin y al cabo, ¿cómo iban a hacerlo si no me conocen ahora ni me conocerán jamás? Palpita el corazón aterido, congelado de apatía; caen los brazos al costado, al son de los fluidos derrramados. Baila el cuerpo entre espasmos; y gimen los pulmones; y cantan los salmones; como cuando remontan a la muerte en sus desobes. Se oye a lo lejos el canto de un grillo, anunciando la locura. Los cuervos empiezan a picarse unos a otros en sus ramas mientras esperan que expire: su fin será mi inicio. Imagino a alguno de ellos picoteando entre mis cuencas oculares mientras el más listo masca el globo ocular que tan pacientemente se ha molestado en desprender del nervio. La imagen es nauseabunda, pero ya no me queda nada más en el estómago que expulsar al exterior. Aún así el amago de contracción se produce, aunque sólo hay aire: oxígeno, nitrógeno y argón sin forma definida... ni cojón... digo, ni color. Morado. Violeta. Púrpura. El color de la penitencia; el de los mantos imperiales; el del lujo y el poder. Entonces ocurre. Un halo de luz mortecina logra atravesar el sopor de la angustia. Las fosas nasales se abren hasta el paroxismo para engullir aire puro: se hinchan los pulmones y el mecanismo de la vida vuelve a funcionar a plena potencia. Las heridas se han cerrado bajo el gusto que produce el bienestar de después de la tragedia. Inundado de adrenalina presiento un futuro mejor. ¿Será eso posible? Será lo que Dios quiera... y el diablo nos permita.

Malditos parientes

Malditos parientes

Una vez, la Muerte fue a visitar a su prima la Desgracia. Venía de dar el finiquito a una gorda con la pituitaria jodida, lo que terminó por matarla de un gran atracón. La pobre no se saciaba y así, tragando y tragando se fue al otro barrio. El de la Muerte, osea. La Muerte estaba exhausta. No en vano había tenido que mover el cadáver ella sóla, con sus falanges peladas, argamasadas de no se sabe qué ungüento maloliente que le daba cohesión. La gorda se le había caído encima de su flamante túnica negra (estrenada con el cambio de siglo; la Muerte era como Florentino Pérez, pero en vez de camisas azules, ella tenía túnicas negras que estrenaba cada centuria) y hasta que logró levantarla sin romper la túnica pasaron horas y un fémur cascado al hacer de palanca. La Desgracia, pobrecita ella siempre jodida como su nombre indica, le ofreció un vaso de agua y una toalla con la que secó el sudor de la brillante calavera de su prima hermana por parte de muerto su parentesco. La Muerte aferró con fuerza las manos de su queridísima prima para mostrar su agradecimiento. ¡Pobre Desgracia! No pudo hacer nada ante el toque de la Muerte. Si es que los parientes son una lata...

Aquellos ojos azules (segunda parte)...

Aquellos ojos azules (segunda parte)...

...me dejaron petrificado y ya nunca volví a ser el mismo. Estatua de sal, a lo mujer de Lot, desde mi Sodoma particular.

Aquellos ojos azules...

Aquellos ojos azules...

...desde que los he visto, me atormentan. Me fulminan. Me inmovilizan, me hacen más neurótico; más insoportable, más recóndito, más plasta. Más feliz e infeliz a la vez, más desgraciado, más vivo, más torturado, más enfermo, más malsano. Más inquiteo, más triste, más presente, más indecente. Más Horney que horny; más violento que en paz; más descolocado, más desolado. Me siento omnipresente, obicuo, indiferente, con el corazón henchido por la gloria del presente; me siento ilusionado, locuaz y hasta latente. Me siento... diferente.

Un caso clásico de Horney

Un caso clásico de Horney

¿Cuándo se da uno cuenta de que ha perdido la razón? ¿Es posible? ¿Los locos se dan cuenta de que están locos? ¿Acaso no es una enfermedad? ¿Los humanos no nos damos cuenta al estar enfermos? Ergo, ¿un loco sabe que está loco? Quizá la locura sea un estado terminal, el final de una senda que se recorre durante muchos años antes de llegar hasta la salida. O a la entrada, ¿no es una salida una entrada invertida? Una entrada a la japonesa, donde en vez de dejar los zapatos se deja uno la razón. Yo a veces me digo que estoy enfermo. Suele ocurrir cuando rumio una de mis ideas sin sentido. Llegan sin previo aviso hasta el melón que tengo por cabeza y allí se instalan, sibilinamente, ocupando (y con k también) una pequeñita porción de estabilidad mental -a veces emocional-. Desde ese instante, vía neurona (aunque hay teorías ahora que desmienten este supuesto) me atacan como ráfagas, llevándome a otro mundo, el del pensamiento, el incorpóreo, el etéreo, la nada... se le puede dar cientos de nombres pero todos suenan igual de escalofriantes. Allí macero, en un placentero baño María, ideas variopintas de un futuro prometedor en el que soy el protagonista de las historias más inverosímiles: buenas y malas, trágicas y alegres, dramáticas y esperpénticas. A veces pienso que si estuviera rapado, en pelota picada, metido en una piscina llena de un extraño flujo parecido al agua y conectado a miles de cables sería un sosias de los precongs de Minority Report, aunque con una pequeña diferencia: el futuro que ellos ven siempre se cumple, el mío nunca va a hacerlo. Es triste, pero es así, en vez de ilusionarme con mis sueños futuros los elimino. Sé que nunca van a cumplirse porque destruyo las líneas temporales que me habrían llevado hasta allí. Algunos sueños son imposibles. Son los que más me gusta soñar, los que evitan que piense en lo cotidiano, destruyendo la verosimilitud más fehaciente. En resumen, un caso clásico de Horney: el hombre que se consuela a sí mismo no con lo que logra sino con lo que sueña con lograr.

Ganar pasta mirando el correo

Ganar pasta mirando el correo

El otro día me llegó esta publicidad por email. Tenía el día tonto, así que no la borré de inmediato. La eché un vistazo. Esto era lo que ofrecía:

¿Cómo ganar dinero con tu email?

¿Tienes un ordenador, conexión a internet, y correo electrónico? Entonces, puedes ganar dinero... ¡Es Fácil!

¿Qué te ofrecemos?

  • Recibir información de tu interés en tu buzón de correo
  • Ganar dinero por leerla
  • Ganar dinero por que tus amigos lean la información de su interés

... y todo sin invertir ni un euro

¡Nosotros pagamos por leer publicidad!

Parece una chorrada, pero es cierto. Esta empresa te da 0,03€ cada vez que lees uno de los mensajes publicitarios que te envía a tu correo electrónico. Todos los correos son de multinacionales (Cofidis, Cruz Roja, atc…) que les paga a ellos para que redirecciones gente a sus páginas, por lo que ellos invierten parte de ese dinero en hacer que la gente vaya a esas páginas después de pagarles pasta. ¿Cuánta? Como ya he dicho 0,03€ por correo que leas. Además, ahí reside lo bueno, por cada amigo que logres enrolar a la causa tú causa―, te llevas 0,01€ por mensaje que lea, y 0,01€ por mensaje que lea un amigo suyo al que haya invitado, y así hasta cinco niveles. Vamos, ni más ni menos que el concepto de la venta piramidal aplicada al correo electrónico.

Pero veamos un ejemplo: imagina que tienes 4 amigos y que esos 4 amigos convencen a otros 4 y esos 4 a otros 4. Si cada uno de ellos lee 1 correo todos los días, ¿cuánta pasta ganarías al mes? Véase la respuesta en la foto.

Este tan sólo es un caso hipotético, ¿qué ocurriría si te llegan más mensajes al mes? ¿y si consigues convencer a más gente o que tus amigos consigan más amigos? Empieza a multiplicar a ver qué sale…

Eso sí, sólo se puede cobrar cada vez que se acumulen 60€, es decir, cada vez que todo tu grupo logre leer 1500 mensajes, o lo que es lo mismo 1500/30 = 50 mensajes al día entre todos al mes. Divide este número entre el número de personas que forman tu grupo y verás que no es tanto como parece.

No esperes hacerte rico a no ser que seas el de la canción del millón de amigos, pero es posible que con esto podamos contrarrestar la subida de los tipos de interés de las malditas hipotecas.

Para apuntarte pincha en el siguiente enlace y sigue las instrucciones: http://www.es-facil.com/ganar/alta?Id=64448832

Un saludo a tod@s

Dos consejos

1) Cuando te des de alta, marca todas las áreas de interés de las que deseas recibir información para que las posibilidades de que te manden más mensajes aumenten.

2) Esta promoción es sólo válida para personas que residan en España.

3) Para los que tengan ciento cincuenta y siete cuentas de email por ahí desperdigadas: sólo se puede dar de alta 1 usuario por ordenador. Lo digo porque si ven que hay varias cuentas desde el mismo, dejan de enviarte publicidad y, por consiguiente, dejan de darte dinero.

 

Calores climáticos

Calores climáticos

El calor se pega. Hay una ráfaga de aire que me atormenta. Viene del sur, allende el desierto se funde en fina línea con un mar abrasador. Estoy escuchando ronronear a Barry White. Ojalá tuviera un copazo en la mano que aplacara la sed. La garganta se hace arena según pasan los minutos y aullo por unos hielos que la atraviesen, empujando la sílice al intestino. La música mece un ligerísimo letargo que se va apoderando a cada estrofa de lamentaciones. Derivo en espíritu -ojalá, no habría cuerpo material que soportara los calores-. Me paro un instante y siento el lamento: no me atrevo a conectar el aire acondicionado. Llegan a mi mente los ecos de los conciertos de ayer contra el cambio climático. Intento arañarle al tiempo unos minutos en los que mi anticuada máquina de aire no masque el refrigerante no ecológico -sí, mastica R22, ya he dicho que es vieja de cojones-, haciendo acopio de valor, convirtiéndome en mártir de la "causa verde". Estoy en gayumbos. Comienzan a notarse las marcas de la silla en la piel sudorosa; y quizá el tapizado esté transpirando ya por mí. Pero aguanto. Aguanto incluso cuando veo lo que paga de factura eléctrica Al Gore al año. Resisto. No hay vuelta atrás. Soy un puto grano en el culo del mundo, en medio de una ciudad achicharrada que lleva oyendo eso del tres meses de invierno y nueve de infierno tanto tiempo ya que no sabe si el cambio climático ha existido toda la vida o el que se inventó el refrán fue un parientucho de Nostradamus. En fin, un grano no hace granero y a nadie le importa un huevo.

El primero nunca se olvida...

El primero nunca se olvida...

Sabor a sal. Así me gustaban sus besos, cuando el calor los provocaba y el sudor hacía el resto. Ella era morena, de sonrisa fácil y ojos marrones. Cálida, casi cándida; cándido amor de juventud. También tenía predilección por sus manos, pequeñas de dedos largos, casi huesudos: largas falanges que se clavaban en mi espalda cuando me regalaba un abrazo. A veces se recogía el pelo en un moño, pero generalmente llevaba suelta su media melena atormentada porque nunca conseguía rozarle los hombros, aquellos maravillosos hombros morenos al sol de verano. Todavía hoy recuerdo la extraña suavidad de su piel, los encontronazos de nuestras lenguas en medio de la extraña pasión de la que sólo se puede estar poseído en la adolescencia, las conversaciones intrascendentes de sonrisas embobadas en el banco de un parque, a la luz de la farola que hacía las veces de atrezzo romántico conceptual. Ay -suspiro- qué recuerdos; cuánta nostalgia; saudade desequilibrada. ¿Cuántos años han pasado ya? Tempus fugit y no vuelve atrás, sólo nos quedan los recuerdos mezclados con la arena derramada en el reloj de la vida. Pues bien, aquel recuerdo gritaba que ella me gustaba. Me enamoraba. Recuerdo que siempre me había preguntado qué sería estar enamorado -que no obsesionado-. Un buen día lo comprendí bajando hacia una de nuestras citas, cuando me di cuenta de lo feliz que era porque iba a encontrarme con mi niña. Parece mentira que sólo se necesite una nimiedad para darse cuenta de lo que hay delante de tus ojos y no logras ver.

Querida niña, cuántos recuerdos. Fuiste un tren que ya pasó, pero fuiste mi primer tren, ese del que nunca uno se olvida, del que cualquier recuerdo será hermoso porque los malos quedaron aparcados para siempre, junto con el dolor que provocaron, en la segunda estación de amoroso tránsito.

Viernes de melancolía

Viernes de melancolía

Hoy me he afeitado la cabeza. Sí, es cierto, parece un hecho sumamente insignificante, baladí. No para mí. Siempre lo he asociado a la purificación. Voy a decir una gilipollez, de la que puede que me arrepienta: al igual que una mujer violada busca desesperadamente una ducha para tratar de eliminar cualquier mínimo atisbo del doloroso recuerdo o del infame rastro, cuando yo me afeito la cabeza espero que todos los problemas se vayan por un parecido y ficticio sumidero imberbe. Ya sé que no es lo mismo, que no le llega a la altura de la más fina suela de cualquier zapato plano, pero es un símil tan desafortunado como otro cualquiera. Es viernes, he dormido seis horas, me he despertado cada treinta minutos, asustado, agobiado por una serie de pesadillas en blanco y negro. En fin, dejemos los contenidos prosaicos para mejores tiempos. Queridos amigos, es cierto, siempre que me afeito la cabeza espero que las tonterías que se apelmazan debajo de la mata de pelo se queden amontonadas en el suelo de la peluquería. Estaría bien que la mierda que uno acumula bajo el cráneo fueran las raíces de los cabellos. Menudo símil, pero es mi símil. Sería como arrancar una zanahoria. Así de fácil; así de simple. Ojalá. I wish; pero no es así. Quizá la sensación dure unos minutos, es posible que unas horas. Sin embargo, no he logrado pasarme la mano por la cabeza un par de veces para cerciorarme de la buena nueva cuando la mierda se ha vuelto a acumular ahí nuevamente, como si alguien hubiera levantado mi cráneo, cual alfombra, para esconder debajo los desperdicios de una nueva empanada mental.

Hoy es viernes. Fin de ciclo laboral; fin de mes proletario. Quizás ha sido eso, o quizás ha sido la melancolía, pero bajaba por la calle de los títulos cuando me ha venido a la cabeza uno precioso: "Las quince lágrimas de MJ". Quizás algún día se pueda convertir en novela el argumento inexistente que no he comenzado a lucubrar. Habrá que hacer como Ariadna, encontrar un hilo del que tirar...

Las insólitas aventuras de Francisco Tomás. Prólogo

No soy de los que les gustan los nombres compuestos. Pero qué se le va a hacer. La santa de mi madre, que Dios la tenga en su gloria, decidió ponerme el nombre del santo que más celebrara su onomástica. Lo hizo por despecho, eso sí, porque a ella, su padre, el abuelo Evaristo, amante de la cultura clásica, la llamó Penélope en plena II República, o lo que es lo mismo, le quitó cualquier posibilidad de celebrar su santo. Henchida de envidia ante la imposibilidad de imitar a sus amigas mientras celebraban tan magno acontecimiento durante la dictadura, maldiciendo al destino por haber nacido en una época en la que no se necesitaba anteponerse un nombre católico, apostólico o romano, y no habiendo encontrado ninguna Penélope que canonizar, decidió que su hijo tendría que resarcirse algún día. Así que abrió un almanaque y descubrió que Francisco podía celebrar el suyo bien el cuatro de octubre, el veinticuatro de enero, el dos de abril, el tres de julio y el tres de diciembre y que Tomás, ídem de ídem, el tres de julio, el veintiocho de enero, el veintidós de junio, el diez de octubre y el veintinueve de diciembre. Decidió llamarme entonces bien Tomás o Francisco. Pero no se decidía, así que juntó los dos nombres y surgí yo, de entre los mares del santoral más arcaico.

¿Qué te apetecería que hiciera ahora Francisco Tomás?

a) Que siquiera rajando de su persona.

b) Que se dejara de monsergas y pasara a la acción.

Recuerdos de mermelada de ciruela

Recuerdos de mermelada de ciruela

Hace unos años, cuando la senda de la autodestrucción aún no se había empeñado en engullirme, recuerdo que soñaba con volar. Sí, fue hace muchos años, que uno ya es viejo y los lumbagos no perdonan. Parece una tontería. Evidentemente nunca me até uno de los manteles de mi madre y me tiré por la ventana porque ya por entonces había visto demasiadas veces la puta manzana de Newton cayéndole delante de las narices. Todavía no sabía lo que era la energía, ni potencial ni cinética, y la única masa a la que asociar velocidad alguna era de color verde y la caricaturizaba el pobre Ferrigno. Sí, para los puristas diré que era gris en sus comienzos y en ciertas épocas de revival. Por cierto, apartándonos un poco de la línea argumental desdichada que estoy hoy siguiendo, se dice, se comenta, hay por ahí una infame leyenda urbana en la que el pobre Ferrigno, totalmente metido en el papel -ríete tú del método Stanislavsky- salió a la puerta de su casa, sí, una de esas casas yanquis de urbanización y a lo sumo dos alturas, y vio a lo lejos una preciosa chiquilla de tirabuzones dorados (da igual que estuviera calva, pero hay que avivar la situación un poquito), jugando en medio de la calle. También le dio tiempo a ver cómo una furgoneta venía a toda pastilla y amenazaba con atropellarla (o quizá fuera el carrito de los helados al que se le había saltado el freno de mano). Nuestro intrépido héroe, aún sin maquillar en verde de pies a cabeza, decidió arriesgar su vida salvando a la pequeña, que, casualmente, no se había dado cuenta de que alguna que otra tonelada se le venía encima. Lou trató de parar la furgoneta con sus hiperatrofiados bíceps, porque en ese momento no era Lou, era la Masa. Se dice (y nadie se lo cree, por cierto) que de la fuerza se le reventaron los músculos de los brazos, los antebrazos en la versión académica, los bíceps en la versión del Tomate.

Bien, no venía a cuento, pero podemos sacar una conclusión demoledora de esta historia: somos lo que somos, no el personaje que nos creemos. Yo, de pequeñito, y de mayor, qué coño, quería volar. No quería ser un superhéroe, porque siempre he sido vago y miedoso, quería ver el mundo desde arriba, sentir toda la violencia del viento en la cara, llegar hasta la otra punta del país de la forma más rápida, en línea recta, sin curvas de carretera ni esperas en aeropuertos. Quería sentirme libre, aún sin saber de qué. Supongo que disfrutar un rato de la felicidad que regala la soledad, introspectar (menudo palabro me acabo de inventar) el mundo interior desde medio kilómetro de altura.

Ahora, con los pies en la tierra, a veces resurge el anhelo. Aunque ya no tiene gracia porque cualquier tiempo pasado fue mejor. Hulk ya no es Ferrigno, sino Eric Bana, perdón, quiero decir Edward Norton, las películas ya no están en cintas, sino en dvds y ya no hay posibilidad de pasar desapercibido si la cagas o cometes una tontería, en dos segundos aparece tu pifia en youtube. Sí, ni siquiera está el encanto de llegar a ningún sitio en línea recta lo más rápido posible. Mirando atrás siento que vamos a una velocidad estratosférica si la comparamos con la de antaño. Los viejos llevan en sus chaquetas un círculo con limitación a noventa, como las furgonetas de antes, mientras sus nietos les pasan a la velocidad del cable porque la adsl parece vetusta ya. Cuando eres un niño el tiempo se ralentiza hasta la desesperación (¿cuándo llegamos?) ahora la arena del reloj se me escapa entre los dedos mientras intento apuntalar cualquier ínfimo recuerdo en mi destartalada memoria.

Cagüen la puta, estoy acabado.

Dolores no es un nombre de mujer

Dolores no es un nombre de mujer

¿De verdad hay gente que siente placer con el dolor? Yo creo que no. Eso no es cierto. O al menos no conocen lo que es el dolor. Decía un tal Dante que el que sabe de dolor todo lo sabe. ¿A qué clase de dolor se estaba refiriendo? Se supone que al del alma, que un vate es un vate; y haberlos haylos. No creo que se refiriera al dolor físico. En aquellas épocas de destierros y excomulgados despatriados, de bulas y contrabulas, de épica descarnada, la metáfora bordeaba una finísima línea entre el empalagamiento y la náusea. Palabras que sólo conocían la minoría de la población -que el resto no sabía leer ni escribir, y ni mucho menos rimar-, no eran más que pensamientos descarriados alumbrados por sentimientos en desmesura. Aquel dolor no era físico -sería demasiado banal para elevarlo a canto-, era mucho más; era metafísico.

De todas formas, no puedo desconfiar del todo de la frase de Dante, porque tiene razón. En parte. Yo creo que el peor dolor de todos es el metafísico, pero el metafísico que deriva del físico, el dolor que nace del dolor. ¿Acaso puede la mente de un enfermo con dolor crónico aguantar la machacona matraca que le recuerda que no se podrá curar nunca, que tendrá que seguir con aquellas laceraciones invisibles durante el resto de su (pongan aquí cualquier sinónimo de estos malévolos adjetivos: desilusionante, patética, humillante, maldita,...) vida? Imagínense lo que es pensar sobre ello una y otra vez, recordar a cada instante (mientras no se está entretenido con cualquier banalidad intrascendente) que no hay remedio para el dolor. Imagínense lo que es hacer conjeturas e hipótesis sobre el futuro que te espera. Imagínense lo que es desesperarse rezando a tus santos, santeros, budas o arquetipos varios, implorando que el efecto de los fármacos dure unos minutos más y tengas la suerte de no volverte adicto a ellos.

Eso es dolor. El que experimente placer a través de el dolor lo hace durante un ínfimo período de tiempo en el que la adrenalina, fruto de su excitación, actúa de parachoques. Son picos de dolor en intervalos pequeños, no una onda constante que tiende a infinito.

PD: no entiendo a la gente que ve House y se parte de risa mientras contempla como ingiere pastillas a mansalva.

 

Odios enlatados

Odios enlatados

Casi todas las mañanas me encuentro con dos rusas en el metro. Encontrarse es un decir, más bien podría decirse que nos aplastamos mutuamente entre la multitud; buscamos desesperados encajar en menos del diez por ciento de un metro (de un metro en el metro, qué bueno) cuadrado -¡Oh poceros de España, lo que obtendríais de ello, a ¿seiscientas mil? pelas el idem cuadriculado... Es curioso lo del metro. Yo odio el metro. Bueno, sólo lo odio a primera hora de la mañana y a última de la tarde. Mierda, si es cuando lo cojo. En fin, supongo que un japo se reirá de nuestra ineptitud para el aguante. Y eso que no está mal, porque es rápido, bastante cómodo cuando su ocupación no llega al cincuenta por ciento (aunque habría que ver quién coño determina las ocupaciones de los servicios públicos: treinta personas sentadas y trescientas veinte hacinadas), algo ruidoso, eso sí, pero al menos no te comes atasco alguno. Pues caramba, va a ser que no odio el metro si no a las personas que van -vamos- en él. Sí, es verdad, odio a la gente que se pone delante de la puerta y no deja salir al pobrecillo que va enlatado dentro; odio a la gente que se mete en el vagón antes de que salgan los pobrecillos que van enlatados dentro; odio a la gente que se mete en el vagón y rápidamente se aferra a la barra vertical que sirve de soporte al asiento más cercano a la puerta y que en vez de meterse más para dentro planta toda su humanidad (generalmente suelen ser este tipo de personas mujeres con enormes traseros que forman no menos inmensos atascos) al lado de la puerta, impidiendo el libre de acceso de la marabunta; odio a los sprinters, sí ese individuo que viene corriendo de un intercambio de trenes hacia el vagón, justo cuando el silbato ya ha sonado y pretende entrar por las puertas medio cerradas (yo me los imagino a cámara lenta, estirando el cuello para la foto finish; incluso si me fijo algo más, puede que vea como la corriente de aire imperceptible le deforma la cara. Aparte de lo que duele que te golpee una puerta, os lo digo por experiencia).

Odios aparte, lo que me fascina del metro es que, aunque parezca que la gente va de buen rollo y se incruste hasta el fondo del vagón, cuando se cierran las puertas, todos los individuos se mueven un poquito, una pizca, casi nada, y lo que parecía que era insaturable deja de serlo al encontrar cada sardina su lugar en la lata, lo que lleva a la conclusión de que mucha gente no entra todo lo que debería de entrar, salvaguardando, gracias a Dios, algo de oxígeno para sobrevivir durante el trayecto.

De todas formas, después de ese pequeño inciso, seguiré con mi diatriba monotemática: no os creáis que sólo odio a los que van en metro. ¡Faltaría más! ¿Alguien ha ido en la renfe alguna vez? Vas apaciblemente sentado en uno de esos "tresillos" doblados, esos asientos que se doblan cuando te levantas de ellos, y de repente, faltando aún cinco minutos para llegar a la estación, a casi toda mujer mayor de cincuenta años le da por imitar a cualquier sprinter de pacotilla. ¡Oh, señor, apiádate de mí, porque estos son los individuos a los que más odio! A los que se levantan del tresillo sin sujetarlo con la mano para que no golpee atrás. Si no consigues arquear la espalda a tiempo y separarla del respaldo, el golpe que te llevas es acojonante.

En fin, yo por las mañanas me encuentro con dos rusas que me alegran la vista, si es que logro girar el cuello desde mi décima parte de metro cuadrado hacinado, porque siempre entramos a presión por puertas distintas del mismo vagón.

Karunas Elektra Emporium Déspota

Karunas Elektra Emporium Déspota

Ni yo sé lo que significan esas palabras. Sólo son un nuevo cortafuegos, una nueva pared argamasada con la dureza de toda la incomprensión posible, un nuevo bloqueo inconsciente para que nadie me encuentre. Entonces, si no quieres que nadie te lea, ¿para qué escribes? Supongo que por enfermedad (mis dedos no pueden dejar de teclear, aún después de ocho horas diarias de sobar plástico añejo en el trabajo); o por inercia. ¿Acaso importa? ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Por qué pensamos en por qué hacemos lo que hacemos? ¿A quién le importa el por qué pensamos en por qué hacemos lo que hacemos? A mí no. Ya no. Antes sí. Antes me ahogaba rumiando pensamientos, rememorando los porqués. ¿Para qué? Me dije un día. Déjate llevar. Será más divertido. Lanza los dados y que el azar meza tu destino. Y si sale un seis sonríe y disfruta; y si sale un uno, ahógate en la desesperación unos segundos, los que tardarás en comprender que la próxima tirada está a la vuelta de la esquina. Hazlo. A diario, pero nunca vuelvas a preguntarte por qué lo haces. Acción y reacción, nada de elucubración. Cedant las togae, aunque cedant también las armas. Vive, coño.